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La política en la escuela


Introducir la política en la escuela parece haber sido visto mal también en otras épocas. Las razones eran bien distintas a las de hoy. Antes, se debía al “desarreglo nervioso” de algunos maestros.

Mientras la burda polémica sobre la política en las escuelas continúa desde este blog hacemos un humilde aporte como siempre, desde una mirada “colateral”.

En junio de 1937 El Litoral publica un artículo de opinión titulado La política en la escuela. No cree necesario el diario explicar a qué hechos concretos se refiere, pero se puede intuir que no se estaba quejando, por ejemplo, de la enseñanza de la historia mitrista en las escuelas.

Lo cierto es que llegó a oídos del articulista que algunos maestros y profesores “con escaso dominio de sí mismos” hablaban a sus alumnos de “las cuestiones sociales y políticas de actualidad” y con esto estaban “incubando en las mentes infantiles gérmenes de apasionamiento y de odio que el buen maestro –en la plena acepción del vocablo—procura a toda costa extirpar”.

Asume el diario que estos alumnos encontraban en sus hogares “un ambiente refractario a las prédicas de dichos maestros”, lo cual provocaba inevitablemente que los pibes se sintieran “deprimidos y desorientados, es decir, tan torturados como los mayores por causas que jamás debieran tener eco en el tranquilo refugio de las aulas”.

Aulas en las que, en la visión de El Litoral de 1937, sólo debían enseñarse “verdades rigurosamente comprobadas y sobre las cuales no puede abrirse discusión”. Las cuestiones sociales y políticas de aquella actualidad “que tanto mal hacen a los espíritus juveniles, poco aptos, por la falta de madurez intelectual, para juzgarlas rectamente”, debían dejarse para el futuro.

Entendemos que el desarrollo de los programas escolares basta y sobra para ocupar útilmente el tiempo destinado a clases y que, aun cuando alguno sobrase, la última cosa de la cual debiera hablarse a los alumnos, sobre todo en momentos en que las palabras del maestro adquieren una significación polémica inevitable, dadas las circunstancia, sería la cuestión de los que tienen razón y de los que no la tienen. Eso, ya lo decidirá el porvenir y será enseñanza para las futuras generaciones. El aula debe preservarse cuidadosamente del tumulto de las opiniones callejeras y es lamentable que existan maestros bastante desaprensivos para llevar a ella dicho tumulto, más por imposición de un desarreglo nervioso pasajero que porque estén firmemente convencidos de que obran con rectitud al inspirar a sus alumnos las propias simpatías y antipatías.

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