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Inmigrantes indeseados

Eran épocas en las que el radicalismo “daba miedo”. En las revoluciones de 1893 en Santa Fe, hubo inmigrantes buenos e inmigrantes malos: los unos, se avergonzaban; los otros eran “de otra raza”, eran “bárbaros” y “aguardentosos”.

Uno de los análisis que provocaron las frustradas revoluciones radicales de 1893 en nuestra provincia se relacionó con la importante participación que tuvieron los extranjeros en el movimiento.

Fueron descalificados entonces los suizos alemanes, que osaban “ensangrentar nuestro suelo”; no sólo eran extranjeros, también eran “aguardentosos”.

Decía el diario Nueva Época que a los españoles, por ejemplo, les repugnaba la revolución hecha por algunos santafesinos, porque después de todo, de ellos descendían. También era rechazada la revuelta por italianos o franceses, “porque ellos han sabido luchar, porque quieren este país y lo quieren digno, y porque ellos no llevarían jamás a sus países en son de conquistadores a los extranjeros”.

Pero estos extranjeros que se plegaron a los revolucionarios, humillando a la provincia… tenían todos los defectos posibles.

Dice textualmente el periódico: “Y lo más irritante, lo que más chocaba es que esos extranjeros no son siquiera de nuestra raza; su lengua es diametralmente opuesta a la nuestra, tienen los cabellos rojos, los ojos claros y ninguna vinculación tienen con nuestra historia. Así debieron ser los bárbaros que arruinaron el imperio romano”.


Nueva Época, como portavoz del patriciado santafesino, los describe con un maniqueísmo tan tosco, tras el que se ve claramente la intención política e ideológica que sostenía esas columnas. Eran, sencillamente, brutos y borrachos.

Así describía la situación Nueva Época:

La entrada del ejército suizoalemán fue marcada esa noche por luctuosos hechos. Ebrios la mayor parte de los triunfantes y ebrios de mala bebida, mataron gentes indefensas, disparaban sus armas al tun tun y recorrían las calles grupos de alemanes ebrios atajando a los pocos transeúntes y obligándolos a gritar, bajo pena de la vida, “viva la unión cívica alemana” dicho en castellano arrevesado.

Santa Fe sentía esa noche la conquista extranjera, pero no la conquista por ejércitos regulares contra los que se ha luchado y que respetan el dolor de los vencidos, era la conquista de hordas sanguinarias que hacían mofa de los vencidos, que les refregaba su deshonra gritando con aguardentosos acentos “¡viva la unión cívica extranjera!”.

Pero claro. También existían extranjeros “buenos”, de esos que nunca reclaman nada, como corresponde. Esos, “sensatos e imparciales, bramaban de indignación”.

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